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Sigmund Freud: “Gobernar es una tarea imposible”

Me pareció muy interesante este artículo del blog que tiene en el diario MinutoUno.com la gente de la Fundación Buenos Aires. espero lo disfruten en todo este contexto eleccionario y partidista que padecemos todos los que vemos un poco más allá de los discursos falaces de nuestros gobernantes.

A los ciudadanos nos cuesta a veces acercarnos a ese campo difuso y poco comprensible que constituye la política.

La política y los políticos -mucho más en estos tiempos de elecciones- dan la imagen de  una impostura, en la que los ideales y los objetivos que son deseables para una sociedad, y que deberían definir el curso de las elecciones, se diluyen en una sucesión de imágenes, en intercambios de palabras vacías -siempre regulados por los grandes medios-, en una especie de guerra simbólica de todos contra todos.

Más allá de la responsabilidad de quienes ejercen el oficio de políticos en las sensaciones ciudadanas, vamos a mencionar algunos puntos que tienen relación con rasgos que caracterizarían las subjetividades políticas y lo político.

Los sujetos no tienen una esencia, es decir, alguien no se transforma en político,  sino en el seno de una sociedad y de ciertas prácticas y discursos que definen –entre otras cosas- lo que se espera y lo que no se espera de un político.

Los discursos, como los sujetos, también son históricos, están sujetos a cambios, y como fundamento de la política, explica en parte que esta misma esté en un proceso de transformación continua. No es lo mismo la política en tiempos de crisis y la de tiempos de bonanza, aunque ésta sea imaginaria. No es lo mismo el discurso político que aceptábamos como válido en los años noventa que el que aceptamos como válido en el 2009. Sin embargo, cuando escribo “discurso” en singular me sobreviene una duda: ¿existe alguna posibilidad de sintetizar la gran diversidad de expectativas sociales acerca de lo que es hacer política, y acerca de lo que se espera de los sujetos políticos?

¿No es la oposición permanente de los discursos –sobre lo que sería conveniente o no para una sociedad-, una característica propia de la política?

¿Existe en realidad, un consenso acerca de lo que la sociedad desea para sí? ¿Estamos en posibilidades de afirmar que queremos una sociedad que distribuya el ingreso, que exija a todos de acuerdo a sus posibilidades, que sea solidaria con quienes menos tienen, que promueva el cuidado de unos hacia otros? Y aunque lo estuviéramos, ya que se trata de principios generales con los que todos podríamos comulgar en mayor o menor medida, ¿estamos dispuestos a aceptar las medidas que implicaría la realización de cada objetivo para cada uno de nosotros?

En estos tiempos, aceptamos una política basada en la imagen, en la publicidad, en unos pocos slogans, tan solo algunos significantes, con los que nos sentimos convocados, sin que busquemos profundizar en su sentido o significación. Es el único elemento sobre el que se podría decir que hay consenso, el de la imagen.

Y cuando se pretende imponer una visión de la política y la sociedad, automáticamente se tiende a definir el comportamiento como autoritario o violento. Y es que siempre la asunción de una visión del mundo implica a un nosotros que asume la representación del todos, pero que resulta paradójicamente excluyente.

El nosotros incluye irremediablemente a unos y excluye a otros, no podría ser de otra manera. Porque al existir un nombre, una pertenencia, una identidad que convoque a un grupo de seres humanos –y la política no podría existir sin alguna forma de agrupación y de pertenencia que proporciona la idea de unidad- siempre alguien debe quedar afuera, y ese alguien se transforma en enemigo.

No podría existir entonces una identidad política que fuera universal, es decir, un nosotros para todos, que incluyera todas las diferencias existentes. Un nosotros todos llevaría a conformar nuevas afinidades, neutralizaría de alguna manera las diferencias, y no permitiría  emerger a ninguna de manera consistente. En ella se diluirían los distintos intereses y valores que constituyen el capital político de la sociedad y emergerían de todas maneras los conflictos.

Por eso el sectarismo y ciertas formas, aunque más no sean simbólicas, de violencia son parte de la lógica que constituye a la política, porque, siguiendo las palabras del filósofo Schmitt, ella se funda sobre la distinción entre amigos y enemigos. Incluso el Estado, que se pretende neutral y abarcador de todas las diferencias –sociales, económicas, éticas, culturales- no puede sustraerse a lo real que emerge de los antagonismos entre los sujetos y los grupos que lo conforman.

Articular las diferencias y a la vez representar los intereses de todos, parece ser una tarea titánica si la política conserva sus características esenciales, la de contener las semejanzas y diferencias de los sujetos y los grupos. A algo de esto se referiría Freud cuando decía que gobernar era una tarea imposible.

Lic. Marcia Maluf, de la Fundación Buenos Aires

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Pulsión de Muerte en la Teoría Psicodinámica

“… cosas terribles, muchas hay, pero ninguna más terrible que el Hombre…” (“Antígona” de Sófocles.)

El dios griego Thanatos

El dios griego Thanatos

Con este fragmento literario acerca de la condición humana y la aseveración de su “terribilidad”, quisiera comenzar el presente ensayo, con el cual pretendo contestarme el autocuestionamiento atormentador acerca de la existencia de la Pulsión de Muerte, inherente al Sujeto del psicoanálisis, tanto en su vertiente ontológica como cultural. Este cuestionamiento surge de la pregunta por el orden de la civilización y la continuidad de la Historia de ésta; esta pulsión supondría un constante aniquilamiento de la cultura a través de la exteriorización de la agresividad, por ejemplo, en la violencia interindividual e intergrupal.

En vista de lo anterior enunciaré algunos supuestos explicándolos brevemente y así vislumbrar alguna respuesta. Sin embargo, estas explicaciones estarán algo perjudicadas por mi ignorancia en cuanto a algunos puntos del tema que aún no logro cuajar, pero como dice Freud ” si no se puede avanzar volando, bueno es progresar cojeando pues está escrito que no es pecado el cojear”.

Para comenzar, definiré a grandes rasgos el significado e importancia de la pulsión dentro de la dinámica psicoanalítica. Para comprender de dónde surge el concepto de pulsión, se debe considerar que existen dos tipos de excitación a las que se somete el organismo, las cuales se rigen bajo el “principio de la constancia”. Estas excitaciones son: excitaciones externas (de las que el individuo puede protegerse) y excitaciones internas (de las que el individuo no puede escapar), gracias a las cuales se constituye el funcionamiento del aparato psíquico. Estas excitaciones internas constituyen la “pulsión”.

La pulsión supone un proceso dinámico, consistente en un movimiento de una carga energética que hace tender al organismo hacia un fin. La pulsión tiene su fuente (estado de tensión interno), su fin (terminar esta tensión) y, un objeto (gracias al que puede alcanzar su fin).

El término pulsión se caracteriza por la idea de “movilidad energética” algo así como un “empuje”. En cuanto al objeto de la pulsión, éste es variable y depende de las contingencias, pero su elección está en relación con la historia de vida del sujeto que lo elige. Por otra parte, los fines de esta pulsión pueden ser múltiples y parciales, y dependen de fuentes somáticas, las que, a su vez , son múltiples y susceptibles de adquirir y de mantener una función prevalente (por ejemplo, las zonas erógenas). Por último, cuando se habla de empuje se hace referencia a la “exigencia de trabajo impuesta al aparato psíquico” (ver en “Pulsión y destino de pulsión”).

Freud empieza a analizar el problema de la pulsión en sus estudios acerca de la sexualidad, descubriendo que la pulsión sexual se diferencia de otras pulsiones. Así entonces, en una primera teoría de la pulsión, se diferencian las siguientes: las pulsiones sexuales y las pulsiones de autoconservación (funciones para la conservación del yo, por ejemplo el hambre). Luego este dualismo se modifica, y se oponen pulsión de muerte y pulsión de vida, modificándose la función y la situación de las pulsiones en el conflicto. Ahora ambas se conciben como residentes en el Ello, y como principios fundamentales que presiden la actividad del funcionamiento del organismo, y se concebirá a la “pulsión como la fuerza cuya existencia se postula en el trasfondo de las tensiones generadoras de las necesidades del Ello” ( ver en “Esquema del Psicoanálisis”). Por lo tanto, considerando esta dualidad en la segunda teoría de las pulsiones explicitada en “Más allá del principio del placer”, mencionaré los supuestos en cuanto a la pulsión de vida (Eros) y a la pulsión de muerte (luego llamada Tánatos):

La pulsión de vida consiste en la conservación de las unidades vitales existentes y en la constitución de unidades más amplias. Existiría una tendencia a producir y mantener la cohesión de las partes de la sustancia viva y el organismo individual aspira a mantener su unidad y su existencia. El principio subyacente a esta pulsión es el de ligazón de unidades orgánicas de organización cada vez más complejas. Dentro de esta pulsión se encuentran la pulsión sexual (constitución de unidades vitales más complejas) y la pulsión del yo (conservación de las unidades simples).

En cuanto a su contraparte, la Pulsión de muerte tiende a la reducción completa de las tensiones, o sea, a disolver al ser vivo al estado de materia inorgánica, tendencia a la destrucción de las unidades vitales, a la nivelación de las tensiones y al retorno al estado inorgánico, considerado como el estado de reposo absoluto. Las pulsiones se dirigen primariamente hacia el interior, tendiendo a la autodestrucción (pulsión de destrucción), y en un segundo momento se dirigirían hacia el exterior (pulsión agresiva). Esta idea de que la pulsión de muerte es el empuje por el retorno a la materia inorgánica supone la concepción de que todo ser vivo fue en un “antes” un “ser no vivo”; por lo tanto, la satisfacción de la pulsión sería un retorno a un estado anterior. La pulsión, destructora del organismo hacia sí mismo, hace tender al deseo de desintegrarse y de conducirse hacia un estado de inorganicidad, pero este deseo se convierte en inofensivo cuando pasa de la pulsión destructiva hacia la pulsión agresiva, o sea, hacia un objeto externo, misión facilitada por la constitución del sistema orgánico vinculado a la musculatura. Para Freud, parte de esta pulsión agresiva se pone al servicio de la sexualidad, por ejemplo en el sadismo. Cuando la pulsión destructiva se convierte en pulsión agresiva, parte de ella permanece en el organismo evidenciándose en el proceso del masoquismo primario. Las pulsiones de muerte se contraponen a las de vida en esta nueva concepción teórica, ya que las anteriores pulsiones esbozadas por él (autoconservación y sexuales) constituyen en esta nueva visión de la pulsión, las pulsiones de vida. El principio que rige directamente esta pulsión es el de “Nirvana”, ya que éste es el principio económico de la reducción de las tensiones a cero, en tanto el principio del placer representa la exigencia de la libido.

Ahora bien, considerando el cuestionamiento que hago en la introducción del presente ensayo, veo la relevancia de definir el concepto de “agresividad”, concebida como la tendencia o conjunto de tendencias evidenciadas en conductas reales o fantasmáticas dirigidas a dañar a otro, a destruirlo. Esta agresividad puede adoptar modalidades distintas de la acción motriz, ya que no hay conducta que no pueda funcionar como agresión; actúa precozmente en el desarrollo del sujeto, subrayando el complejo juego de su unión y desunión con la sexualidad. Dentro de la teoría psicoanalítica, se considera a la agresión con un sustrato pulsional único en el concepto de pulsión de muerte. La agresividad es descubierta en el trabajo terapéutico a través de la resistencia de los pacientes a la cura, la clínica del duelo y melancolía, el sentimiento de culpabilidad inconsciente, etc. Los sentimientos hostiles expresados en el odio, Freud no los concibe como surgidos desde un amor negativo, sino que tienen su propio origen, el de la lucha del yo por su conservación y afirmación, y en esta esfera de la autoconservación relacionada con el peligro ante un objeto externo, la pulsión se expresa a través del deseo de apoderamiento del objeto, que en su primer momento sucede como indiferente para el sujeto, pero luego aparece como acontecido cuando se hace la vuelta hacia la persona (masoquismo).

Por otra parte, un extracto de la pulsión de muerte se pone al servicio de la pulsión sexual, y hallamos aquí el sadismo como tal, y otra parte de la pulsión de muerte no se dirige al exterior, permaneciendo en el organismo reconociéndose aquí el masoquismo originario. Esta idea luego es transformada explicándose así: Freud ve en las formas de masoquismo, un fenómeno derivado, en cuanto que sólo indicarían, la regresión a un masoquismo primario. La noción de agresión que Freud desarrolla, es distinta al clásico concepto de agresión descrita como un modo de relación con otro a través de la violencia, ya que para Freud la pulsión de muerte al tener su origen en el propio sujeto, supone que la autoagresión es el principio mismo de la agresividad.

Considerando las nociones conceptuales expuestas anteriormente, desarrollaré dentro de lo posible, o mejor dicho dentro de los límites reales, las interrogantes que me surgen a partir de esta noción de pulsión de muerte. Antes de esto quisiera advertir que las siguientes interrogantes y sus argumentos explicativos, las haré desde un punto de vista más ligado a la dinámica cultural que a la individual (aun cuando se supone una a partir de la otra).

Ante la afirmación planteada por Freud en “Más allá del principio del placer” de que “toda vidatiene como meta la muerte”, ya que todas las motivaciones de la vida sólo son rodeos hacia la muerte, la pregunta más evidente que podría surgir del argumento pulsional de Freud es la siguiente: ¿cómo se explica que en la historia de la cultura, la destrucción de la vida humana y animal ha progresado, en medios y fines, junto con el progreso de la civilización?, ¿cómo es posible que la crueldad y el odio que hoy son actualizados a través de mediaciones materiales cada vez más refinadas, cada vez más invisibles y cada vez más espantosas, (como por ejemplo en la exterminación científica de los hombres), han aumentado a la par con la posibilidad de eliminar esta opresión, a través por ejemplo, en los avances de la salud, de la educación, el acceso cada vez más masivo a producciones artísticas, etc.?.

Una explicación posible a esta dolorosa interrogante es la de que a lo largo de la historia de la civilización, de la productividad en el trabajo y el progreso de la técnica surge el deseo de apoderamiento y de control sobre la naturaleza, de la agresión hacia un objeto externo (ya que la naturaleza es dada al yo como un objeto contra el que tiene que luchar aun cuando esta lucha por el control comienza por el control de las pulsiones yoicas y sexuales). En esta lucha contra la naturaleza como un otro, se obtiene el control sobre ella. A partir de este control sobre la naturaleza se tiene la ilusa esperanza de poder satisfacer todas las necesidades individuales tanto de conservación como las sexuales, pero ante la argumentación de que la naturaleza no tiene los suficientes medios como para satisfacer a todos los individuos, surge la destructividad hacia los demás individuos en esta lucha por la existencia.

La lucha primigenia por los medios de subsistencia, es observable en el mito de la horda primitiva, en la que el padre es el monopolizador de los objetos de satisfacción: él controla la vida de sus hijos a través de la violencia ejercida a través de la prohibición simbolizada en su autoridad de padre. Entonces, ante esta permanente prohibición y frustración por no poder satisfacer sus pulsiones de vida, los hijos matan al padre y lo devoran satisfaciendo así, su pulsión agresiva. Pero luego, considerando la introyección de las prohibiciones del padre en los propios hijos a través de una conciencia moral, estos hijos sin padre, sienten un gran remordimiento por el amor que le tenían a este padre coartador, creándose así el superyo por identificación. Por lo tanto para Freud el tema de la culpa es fundamental en el desarrollo de la civilización. Esta culpa es manifestada a través de la restricción autoimpuesta por el grupo de hijos para evitar la repetición del acto. Por esta razón, el hombre reprime este acto, pero de generación en generación esta pulsión revive, en forma de rebelión ante el orden establecido de injusticia y miserias, o bien ante el deseo inherente del ser humano de un poder sobre otro. Sin embargo esta pulsión es reprimida a beneficio de la continuidad de la civilización ya que al ser actualizada la pulsión agresiva hacia la autoridad (el padre) se atentaría contra las bases mismas del progreso de la cultura (su autoconservación). Entonces a través de la presencia de culpa dentro de la conciencia moral el superyo castiga tanto el acto, como el deseo de actualizar el acto que atenta contra la autoconservación de la civilización.

De lo anterior, se podría concluir que Eros, sobre la base de la renunciación a la agresión, placer excesivo y sin límites, empieza su trabajo cultural de combinar la vida en unidades cada vez más amplias, o bien de conservar las unidades ya existentes.

En síntesis este punto se puede resumir a partir de dos preguntas con sus respectivas respuestas: considerando que para Freud la civilización está fundada en la supresión de las pulsiones: ¿Por qué el exceso de Eros no es permitido, tanto como pulsión de conservación como pulsión sexual? ¿Por que el exceso de Tánatos la civilización no lo permite?. La respuesta a la primera interrogante es que, considerando que Eros tiende a la expansión, a la autosublimación a través de relaciones duraderas, a la lucha por eternizarse en el tiempo, esta tendencia encuentra su resistencia en el campo de la necesidad, o sea, en la no existencia de los medios materiales suficientes para satisfacer a este Eros en su totalidad. En tanto, la respuesta a la segunda pregunta es que el Tánatos, al ser su tendencia el lograr el final del tiempo, o sea la inexistencia de la eternidad, atentaría contra la continuidad de la civilización.

Volviendo al tema de la introyección de la culpa en beneficio de la civilización, esta culpa opera como medio autorrepresivo ya que cada individuo contribuye a la civilización a partir de sus propias renuncias de deseo, y estas renuncias varían con el grado de madurez que alcanza en cada etapa la historia de la civilización a través del dominio racional alcanzado sobre la naturaleza y la sociedad, sobre la base de nuevos medios cada vez más sofisticados o mejor dicho tecnológicos (eficaces, rápidos, anónimos, impersonales) sobre la naturaleza y sobre los demás individuos para la dominación de las pulsiones. Estos medios eficaces de dominación sobre la naturaleza ya no los percibe el individuo o el grupo social como impuesto por un Padre, ya que la imagen paterna va sustituyéndose por figuras cada vez más lejanas y más impersonales, hasta llegar a este sombrío poder de un Destino, no cognocible y, menos increpable. Por esta razón, burdamente argumentado, podríamos decir que existe una relación directa entre el crecimiento en la manifestación de Eros con relación al Tánatos y viceversa, o sea mientras más Eros, más Tánatos y mientras más Tánatos, más Eros. De esta manera “tenemos a la cultura como la gran empresa de hacer que la vida prevalezca sobre la muerte, teniendo como arma suprema el usar la violencia interiorizada contra la violencia exteriorizada; suprema astucia ésta de hacer que la muerte trabaje contra la muerte”(ver en “Freud: una interpretación de la cultura”). Así entonces, Eros se impone a Tánatos en el control de la agresión a través de la ley y el orden, de la necesidad de la productividad en el trabajo para el progreso de la civilización, de la necesidad, también, de evitar los horrores de la guerra, del genocidio, de los fanatismos, de las crecientes “ilusiones” por las cuales los hombres intentan explicarse su existencia, etc.; y a su vez el mismo progreso de esta civilización que controla por todos los medios que puede a la pulsión destructiva y agresiva, agrede el exceso de Eros (como pulsión sexual, por ejemplo) aumentando la magnitud de la sublimación de la sexualidad, en el trabajo productivo, en la actividad artística y primariamente, en el interés de que los infantes dejen atrás esa etapa de la perversión polimorfa en la cual el Eros se deposita en varias zonas corporales, para que el individuo, si es que puede, se convierta en un individuo maduro sexualmente a través de la heterosexualidad monogámica.

Si bien muchas nociones me son inexplicables dentro de mis primeros pasos en el conocimiento de la teoría psicodinámica (y obviamente muchas consideraciones dejo en el camino), sólo a través de este “burdo” argumento puedo explicarme, a grandes rasgos, la noción de Pulsiones contrapuestas luchando eternamente a lo largo de la historia, tanto del individuo como de la cultura, y como para Freud la especulación no es impedimento en el “intento de perseguir y agotar una idea” en el desarrollo del conocimiento, como bien lo expresa en “Más allá del principio del placer”, me permito a mí misma tomar ese sendero de llegada a la verdad del problema.

Bibliografía:

  • Freud, Sigmund.(1954). Pulsión y destino de pulsión. En Obras Completas. Ed. Amorrortu.
  • Freud Sigmund. (1954). Más allá del principio del placer. En Obras Completas. Ed. Amorrortu.
  • Freud Sigmund. (1954) Esquema del Psicoanálisis. En Obras Completas. Ed. Amorrortu.
  • Freud Sigmund. (1954) El problema económico del masoquismo. En Obras Completas. Ed. Amorrortu.

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Foucault: La Sociedad Disciplinaria / El Panóptico

Michel Foucault

Michel Foucault

Es la historia de las ciencias sociales una de las principales preocupaciones de su obra que podría ser incluída dentro del estructuralismo francés. Sostiene que la historia no debe interpretarse de modo superficial, sino que es preciso realizar un análisis más profundo. Su pensamiento tradicionalmente se ha dividido en tres fases: la etapa arqueológica (entre 1961 y 1969), la etapa genealógica y la última fase marcada por las tecnologías del yo. En cada una de ellas varía el método de análisis utilizado.

La sociedad disciplinaria

Foucault sitúa a la Europa de finales del siglo XVIII y principios del XIX como el momento fundacional de una nueva sociedad, la disciplinaria. Si bien, la disciplina se convierte en la forma más difundida de dominación, con anterioridad, existían otras formas de ejercicio de la misma:

La esclavitud: instalada en sobre una relación de apropiación de los cuerpos.

La domesticidad: fundada a partir de una relación de dominación “constante, global, masiva, no analítica, ilimitada y establecida bajo la forma de la voluntad singular del amo, de su capricho”.

– La del Vasallaje: a través de una relación de sumisión en extremo codificada “que atañe menos a las operaciones del cuerpo que a los productos del trabajo y a las marcas rituales del vasallaje”.

– La del ascetismo o las de tipo monástico: que se conforman para garantizar privaciones y aunque implica la obediencia a otros su objetivo es el de aumentar el dominio de cada cual sobre su propio cuerpo.

El nacimiento de la disciplina, del arte del cuerpo, forma un vínculo que en el mismo mecanismo, lo hace tanto más obediente cuanto más útil, y al revés. La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos “dóciles”. La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos de utilidad) y disminuye esas fuerzas (en términos políticos de obediencia). En una palabra: disocia el poder del cuerpo; de una parte, hace de este poder una “aptitud”, una “capacidad” que trata de aumentar, y cambia por otra parte la energía, la potencia que de ello podría resultar, y la convierte en una relación de sujeción estricta. Si la explotación económica separa la fuerza y el producto del trabajo, digamos que la coerción disciplinaria establece en el cuerpo el vínculo de coacción entre una actitud aumentada, una dominación acrecentada.

El poder disciplinario de los tiempos modernos inaugura un castigo silencioso que opera con la finalidad de producir cuerpos domesticados. Esta nueva tecnología de poder obedece una causalidad múltiple. Una economía potenciada por el crecimiento de las fuerzas productivas y el incremento demográfico del siglo XVIII plantearon al viejo continente un doble problema: el ilegalismo de los cuerpos se traslada hacia los bienes (delincuencia) e irrumpe la amenaza de la pérdida del control de las viejas técnicas penales de encauzamiento.

El pasaje del castigo del Antiguo Régimen al del orden Burgués no constituye un sistema humanitario más punitivo sino una tecnología acorde con los nuevos requerimientos, una justicia capilar que penetrará hasta los últimos resquicios del cuerpo social. Lo que se perfila es sin duda menos un respeto nuevo a la humanidad de los condenados… que una tendencia a una justicia más sútil y más fina, a una división en zonas más estrechas del cuerpo social.

El proceso de ordenamiento de las sociedades llevó a la reforma y la reorganización del sistema judicial y penal que instauró el pasaje de la indagación, procedimiento por el cual se trataba de saber lo ocurrido, por uno totalmente distinto, no se trata de reconstruir un acontecimiento sino algo, o mejor dicho, se trata de vigilar sin interrupción y totalmente.

En el seno de estas transformaciones surgirá la prisión sustituyendo otras formas de castigo – la deportación (expulsión de las personas, exilio), los mecanismos para provocar escándalos, vergüenza y humillación, el trabajo forzado (como forma de reparación del orden social) y la pena del Talión- dotada de la función de impedir que el delito se repita y de bloquear la reiteración de los delincuentes mediante el objetivo confesado de corregir al penado. Pero, el éxito de la prisión no se instala en estos objetivos explícitos sino en la puesta en marcha de una tecnología eficaz de poder, las disciplinas: “conjunto de técnicas de control corporal que apuntan a una cuadriculación del espacio y del tiempo buscado, con la mayor economía, reducir la fuerza del cuerpo en tanto fuerza política y maximizarla como fuerza económica. De allí en más, un espacio analítico, celular y aun colmenar permitirá, dentro de una sociedad compleja y confusa, ubicar, clasificar y, por fin, vigilar y castigar, es decir, la disciplina es una economía política del detalle que produce “individuos” y hace de esta producción individualizante un método de dominación.

La “delincuencia”, objeto producido por las relaciones de poder-saber de la prisión, permiten producir a un individuo patologizado y moralmente devaluado, puesto que obturó el deseo de los sectores populares de delinquir.

El panóptico

Jeremías Bentham, plasma este modelo de vigilancia social construyendo

Panóptico

Panóptico

esta idea a partir de una metáfora de la sociedad que la denomina Panóptico, “forma arquitectónica que permite un tipo de poder del espíritu sobre el espíritu, una especie de institución que vale tanto para las escuelas como para los hospitales, las prisiones, los reformatorios, los hospicios o las fábricas. El panóptico era un sitio en forma de anillo en medio del cual había un patio con una torre en el centro. El anillo estaba dividido en pequeñas celdas que daban al interior y al exterior y en cada una de las celdas había, según los objetivos de la institución, un niño aprendiendo a escribir, un obrero trabajando, un prisionero expiando sus culpas, un loco actualizando sus locuras, etc. En la torre central había un vigilante y como cada celda daba al mismo tiempo al exterior como al interior, la mirada del vigilante podía atravesar toda la celda.

A través de la metáfora del panoptismo, Foucault intenta apuntar al conjunto de mecanismos que operan en el interior de todas las redes de procedimientos de lo que se sirve al poder el panoptismo ha sido una invención tecnológica en el orden del poder, como la máquina de vapor en el orden de la producción. Esta invención tiene esto de particular: que ha sido utilizada en un principio en niveles locales: escuelas, cuarteles, hospitales… Se ha aprendido a confeccionar historiales, a establecer anotaciones y clasificaciones a hacer la contabilidad integral de estos datos individuales. Se instala, entonces como rasgo característico de la modernidad una sociedad disciplinaria, panóptica que tiene como objetivo central formar cuerpos dóciles, susceptibles de sufrir modificaciones a través de tres operaciones:

a. La vigilancia continua y personalizada,
b. Mecanismos de control de castigos y recompensas y
c. La corrección, como forma de modificación y transformación de acuerdo a las normas prefijadas.

La vigilancia, dentro del panoptismo desempeña un rol destacado, dado que la misma sobre los individuos no se ejerce al nivel de lo que se hace sino de lo que se es o de lo que se puede hacer. La vigilancia tiende cada vez más a individualizar al autor del acto, dejando de lado la naturaleza jurídica o la calificación penal del acto en sí mismo. En este sentido, Foucault habla de la arquitectura de la vigilancia que haga posible que una única mirada pueda recorrer el mayor número de rostros, cuerpos, actitudes la mayor cantidad posible de las cedas; así la tarea principal que le compete a la vigilancia es “vigilar a los individuos antes de que la infracción sea cometida” por eso se la simboliza por un ojo siempre abierto.

El panoptismo más allá de ser simbolizado a través de la metáfora enunciada anteriormente, se corporiza en la realidad de las diferentes instituciones, de este modo Foucault detalla quisiera mostrar cómo es que existe este panoptismo al nivel más simple y en el funcionamiento cotidiano de instituciones que encuadran la vida y los cuerpos de los individuos: el panoptismo, por lo tanto, al nivel de la existencia individual. Así el individuo pertenece a un grupo y el grupo se desenvuelve en las distintas instituciones que conforman la sociedad disciplinaria, como la prisión, la escuela, el hospital, la fábrica etc. Tales instituciones son denominadas por el autor estructuras de vigilancia y todas tienen: un fin común el fijar o vincular a los individuos a un aparato de normalización de los hombres; un objetivo basado en ligar al individuo al proceso de producción, formación o corrección de los productores que habrá de garantizar la producción y a sus ejecutores en función de una determinada norma y un efecto común que es la exclusión del individuo.

Las instituciones no deben clasificadas en estatales y no estatales sino definidas como una red institucional de secuestro que rigen la dimensión temporal de la vida de los individuos y la existencia de los mismos. Así sus funciones se centran en el control del tiempo, basado en la apropiación y explotación de la cantidad del mismo y en el control del cuerpo, basado en un sistema determinado encargado de formarlo y valorizarlo. En este sentido, Foucault afirma en esta sociedad. En el siglo XIX el cuerpo adquiere una significación totalmente diferente y deja de ser aquello que debe ser atormentado para convertirse en algo que ha se ser formado, reformado corregido, en un cuerpo que debe adquirir aptitudes, recibir ciertas cualidades y calificarse como cuerpo capaz de trabajar. Es importante desatacar que, más allá de que todas las instituciones que conforman esta red son especializadas, el funcionamiento de cada una supone una disciplina general de la existencia que supera ampliamente las finalidades para las que fueron creadas.

Dentro de las instituciones de secuestro Foucault califica al poder como, económico, político, judicial, y epistemológico. Éste último es entendido como un poder de extraer un saber de y sobre estos individuos ya sometidos a la observación y controlados por estos diferentes poderes.

Existen varios saberes, por un lado a nivel general, el que es extraído del comportamiento de los individuos, dado que del poder que es ejercido sobre éstos es de donde se extrae un saber.

Y por el otro a nivel más particular tenemos, el saber tecnológico que se forma de la observación y clasificación de los individuos, del registro, análisis y comparación de sus comportamientos y el saber de observación calificado como clínico.

Dentro del poder el autor identifica el sub-poder como una trama de poder político microscópico, capilar, capaz de fijar a los hombres al aparato de producción, conjunto de pequeños poderes e instituciones situadas en un nivel más bajo

De todas las instituciones que Foucault se vale para ejemplificar su discurso, nombra la escuela dentro de lo pedagógico, así “la pedagogía se constituyó igualmente a partir de las adaptaciones mismas del niño a las tareas escolares, adaptaciones que, observadas y extraídas de su comportamiento, se convirtieron en seguida en leyes de funcionamiento de la instituciones y forma de poder ejercido sobre él.

En el primer volumen de la Historia de la Sexualidad expresa que la confesión se instala como una práctica fundamental nacida en el interior de la institución católica, la confesión difundió hasta muy lejos sus efectos: en la justicia, en la medicina, en la pedagogía en las relaciones familiares, en las relaciones amorosas, en el orden de lo más cotidiano, en los ritos más solemnes; se confiesan los crímenes, los pecados, los pensamientos y deseos, el pasado y los sueños, la infancia. El hombre, en Occidente, ha llegado a ser un animal de confesión.

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Fases de la Sexualidad

Sigmund Freud

Sigmund Freud

“Al principio de placer le sobreviene el principio de realidad”.

(Sigmund Freud)

Para abordar este vasto tema, debemos considerar, primero, que Freud afirmó que existen tres grandes fuentes de donde proviene nuestro penar, y que debido a ellas tenemos que sacrificar nuestra satisfacciones pulsionales, a saber: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro propio cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos entre los seres humanos. En un momento dado, Freud, considera este último de origen natural: la naturaleza psíquica; es también este último a la que denominamos cultura, entidad que nos impone restricciones a nuestras exigencias pulsionales y que nos ha proporcionado el sentimiento de culpa.

Desarrollaremos el tema viendo las distintas fases de la sexualidad desarrollados por Freud, con sus respectivas características, y comprenderemos la influencia de las tres fuentes, mencionadas anteriormente, sobre todo la cultural, que hacen que el desarrollo de la sexualidad tenga diversas constituciones y que se produzca un cambio entre la sexualidad infantil (la cual se creía no existía) y la de la pubertad (comúnmente la más conocida y la que se pensaba era la única que existía).

Fase Oral:

El ser humano llega a este mundo trayendo consigo simplemente instintos, secuencias de comportamiento genéticos que le permiten sobrevivir. El bebé satisface su primera necesidad, de alimentación, a través de la boca y el contacto con el pecho materno. Está acción es en principio con fines de autoconservación; pero debido al contacto pecho-boca, a la satisfacción producida por la alimentación y a la erogenización del epitelio bucal, es que por anaclisis (apoyatura de la pulsión sobre el instinto) la pulsión (representación psíquica de los estímulos, que provienen del interior del cuerpo, en la vida anímica) empieza a regir en el individuo. La acción de mamar ahora se convierte en el chupeteo (acción de succionar que no tiene por fin la nutrición) donde la acción se deslinda de la nutrición y busca la plena satisfacción, mediante un circuito de autoerotismo (la fuente y el fin pulsional se encuentran en el mismo objeto). La búsqueda de satisfacción se regirá hasta el fin de nuestros días.

Vemos aquí que la cultura y las propias limitaciones de nuestro cuerpo exigen que el pecho materno se aleje del bebé; esta ausencia provoca ya nuestro primer sentimiento displacentero. El YO que se empieza a constituir, gracias a la libido yoica (energía de la pulsión que apega al Yo al mundo) comprende vagamente la existencia de un mundo exterior ajeno. En esta fase sólo se entiende como exterior a la Madre o al Otro Simbólico.

El individuo nace en un medio cultural, en un patrimonio formado históricamente, al que no podrá escapar; dicho medio (cultura) le impondrá normas para velar por la seguridad del sujeto y su adaptación a una naturaleza despiadada, pero este tendrá que sacrificar algunas satisfacciones plenas a cambio de esa seguridad. Esta relación es más explícita en las siguientes fases.

Fase Sádico Anal:

La limpieza, el orden y la belleza, claros productos culturales aunque aún no comprendidos del todo, incidirán en la vida del sujeto de aquí  en adelante; sobre todo la limpieza en esta fase. Es en este sentido que la madre en el acto de limpiar al niño de las respectivas necesidades que produce, erogenizará la zona anal; con la que el sujeto buscará satisfacción autoerótica mediante la expulsión y retención de heces.

Se observa que el Yo está constituido y que, también, existe un Mundo Externo productor de placer y displacer. El niño comprende esa división entre Yo y M.E. (mundo exterior) y se manifiesta sobre él, con el único objeto que produce, las heces. Mediante la retención o expulsión expresa su afecto u odio hacia la madre o M.E. Se ve claramente aquí el nacimiento del odio hacia el M.E. en una forma de repulsa hacia él y lo que produce. Esta repulsa parece ser fruto de la libido yoica, de carácter autoconservativa, que evita el contacto displacentero con ese mundo proporcionador de estímulos de toda índole.

El niño comprende este M.E. y la existencia de los objetos presentes en él, mediante la investidura (depositar carga) de su libido yoica  en los objetos formando la libido objetal (fuerza pulsional de variación cuantitativa, cuando la libido yoica catectiza a los objetos). También existe un afán de dominio hacia el mundo exterior, apreciable en la aparición de los pares opuestos: sadismo-masoquismo y exhibición-contemplación (el niño destruye, manipula objetos y observa a los objetos: personas).

Esta fase es crucial en relación a la intervención de la cultura, esta impone ciertas reglas de conducta frente a algunos sucesos: el niño debe ir al baño por sí solo, debe ser limpio y ordenado, debe llevarse bien con otras personas, etc. Se empiezan a formar los diques psíquicos que impedirán a las pulsiones exteriorizarse sino es por la vía de la sublimación, o reprimirán a las pulsiones. La formación reactiva y las mociones reactivas (fuerzas anímicas contrarias) aparecen y se prolongarán en el curso de la vida, colaborando en el desarrollo anímico del individuo, según las exigencias culturales (así la cultura fabrica conceptos como: asco, vergüenza, etc.)

Fase Fálica:

En un principio llamada fase genital, pero que Freud entiende no puede ser así debido a que el niño (hombre y mujer) no comprende la existencia, todavía, de dos genitales específicos; sino al contrario de sólo uno: el genital masculino. Este hecho produce toda la configuración de  esta fase.

El objeto pulsional es el falo. Las zonas genitales se erogenizan vía limpieza, contacto con el aire, ropa, masturbación, y otros. El niño es víctima de la influencia de la seducción (que trata al niño como un objeto sexual), efectúa su primera elección de objeto basada en una corriente sensual, que por la inaplicabilidad de los genitales por su desarrollo, esta primera aproximación a su objeto sexual no puede efectuarse de manera efectiva, convirtiendo al individuo en un perverso polimorfo (acudirá a todo tipo de transgresiones, no olvidemos que los diques psíquicos están recién en formación). Esta exteriorización sexual se convierte en una corriente tierna, por lo ya explicado anteriormente.

Las pulsiones yoicas y sexuales depositadas en los objetos cambiarán de destino produciendo distinto tipos de efectos. La pulsión de saber (que nace de ese afán de apoderamiento del M.E.) incidirá en la investigación que el niño efectúa sobre aspectos como: el nacimiento, la posesión de pene en el hombre, etc. Investigación, por cierto, siempre frustrada. A pesar del empeño e interés del niño, este nunca comprenderá (hasta la pubertad) el funcionamiento de las zonas genitales de ambos sexos.

Un hecho cultural importante, tal vez el más universal y fundamental de la sociedad humana, es el del Tabú del Incesto. Relacionado con el Complejo de Edipo (el deseo por el progenitor del sexo opuesto) producirá la Barrera del Incesto (la salida al triángulo edípico) gracias al Complejo de Castración en el varón: el varoncito tiene el temor de ser castrado por el padre debido a su deseo sexual hacia la madre, esto lo obligará a dejar de desear a la madre y se introducirá en el período de latencia. En la mujer la salida del complejo de edipo es mucho más complicada y tardía.

El complejo de edipo produce, además, la máxima expresión del par amor-odio, (amar al padre y odiar a la madre o viceversa) y conjugación de la fase anal para conformar el par amor odio. Se podría decir que el amor (vínculo entre el varón y la mujer, que fundarán una familia sobre la base de sus necesidades genitales) tiene su nacimiento en esta fase. El niño comprende que el M.E. le produce placer y displacer al igual que él hacia el mundo. Su relación con el mundo cambia y se resolverá de aquí en adelante por el camino de la ambivalencia.

El complejo de edipo y la represión impuesta, por necesidades culturales, tendrá un factor decisivo en esta fase, dando lugar al ingreso al período de latencia. Es quizás, esta fase en la que la cultura se hace sentir con más fuerza y obliga al sujeto a sacrificar sus deseos pulsionales; haciendo de él un ser disconforme con el medio.

Período de Latencia:

Se conoce este período por ser de “relativa” suspensión en la investigación sexual infantil. La represión, diques anímicos, etc. obligados por la cultura ya están arraigados, en la mayoría de los casos, en la vida anímica del niño. Sucede, así, un período de amnesia infantil en la que se “olvida” la vida sexual antes realizada debido a la represión ya existente. La sublimación (modificación de la meta pulsional original por otra) es el destino más importante en esta fase. A pesar de ello el individuo tendrá rupturas en este período que lo llevarán a unretorno de la masturbación infantil, hecho que se dará vía aparato urinario (enuresis nocturna, poluciones, etc.)

La sexualidad volverá aparecer, después de una metamorfosis, en la pubertad; etapa donde se creía que la sexualidad recién aparecía y se denominaba normal.

Fase Genital:

En esta, se producen crecimiento de los genitales externos y desarrollo de los genitales internos (como productores y receptores de sustancias genésicas). Las zonas erógenas predominantes en las anteriores fases producen ahora un placer previo que conlleva a una acumulación de placer e incremento de la tensión suficiente para llevar a cabo el acto sexual, obteniéndose así un placer final con la descarga de los productos genésicos, mucho mayor en satisfacción al placer previo.

Las pulsiones parciales y las zonas erógenas se ponen al servicio de un nuevo fin: la reproducción, se puede decir que la pulsión es “altruista”, en este sentido. La libido “amortiguada” hará escoger un nuevo objeto sexual que, por la barrera del incesto, se encontrará fuera del triángulo familiar: padre-madre-niño. Este segundo hallazgo de objeto tendrá relación directa con el primero (de la fase fálica), tiene connotaciones también con la pérdida del pecho materno; en sí se trata de un reencuentro.

Se tenderá a buscar al nuevo objeto sexual según las características del ser amado en la fase fálica. Para ello, el individuo empleará nuevamente una corriente sensual para aproximarse a l nuevo objeto, como lo hizo en un principio. Este vínculo entre el primer y segundo hallazgo de objeto es esencial en la vida futura del sujeto por la elección de objeto.

No olvidemos que la cultura influye, también, en la búsqueda del objeto sexual: impide el aproximamiento al primero mediante el complejo de edipo y la barrera del incesto, y al segundo especificando inhibiciones autoritativas para elegir un objeto del sexo opuesto y cualquier satisfacción extragenital prohibida como perversión. En fin, la cultura, producto humano, ha sido configurado para evitar displaceres al ser humano provenientes de la naturaleza y las relaciones recíprocas entre hombres, pero contradictoriamente no aporta muchas probabilidades de goce.

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